AMAICHA DEL VALLE
Gladys se jubiló, dejó todo y se fue al pago de su papá
En la barra de su restaurante anticipa que la estrella de la temporada de invierno será la carne de llama, magra y muy sabrosa.
Detrás de la cortina de tiritas de plástico que separa el salón de la cocina, Gladys Pastrana concentra el filo de su cuchillo en las zanahorias de anaranjado vital, en las cebollas intensas y en los pimientos rojos y potentes. Convertidos en cubos chicos, serán la corte de la reina de la temporada: la carne de llama, magra pero sabrosona. Gladys la viene utilizando para preparar cazuelas y empanadas desde hace cuatro años, cuando -ya jubilada- cumplió el sueño de mudarse a Amaicha.
A esta mujer de 70 años se la puede calificar como valiente, porque se animó a cambiar rotundamente su vida justo en el momento en el que muchas otras personas deciden sentarse a esperar que el tiempo se les termine. Mi papá era de Amaicha, pero crecimos en la ciudad. Veníamos en las vacaciones y acá pasé los mejores veranos de mi infancia. Por eso, toda la vida soñé con mudarme definitivamente. Un día dije: cuando me jubile me voy. Y cumplí. Acá estoy, cuenta detrás del mostrador de Tantanakuy, el restaurante que puso a media cuadra de la plaza.
Tiembla el locro
Gladys acaba de hacerles un pedido grande de carne de llama a sus proveedores del Infiernillo.
Sabe que con la temporada llegará una catarata de visitantes deseosos de hincarle los dientes. Se puso de moda, justifica para dar a entender por qué está empezando a hacer temblar el tope del ranking de las comidas favoritas de los turistas, donde hasta hace poco reinaban en paz el locro y las humitas. No sé muy bien por qué, pero los que llegan de otros lados se mueren por probarla. Es muy sana porque es magra. Pero a la vez es sabrosa; eso la hace especial, la describe.
Hace cuatro años, Gladys y Jaime Raimundo, su esposo, dejaron todo lo que tenían en la ciudad (hijos, nietos y casa) y se mudaron a una propiedad que heredaron del padre de Gladys. Ella es jubilada textil y él, carpintero. A él no le gusta mucho Amaicha; prefiere la ciudad, pero igual me acompaña. Yo me siento realizada, porque cumplí mi deseo, afirma. Quién sabe: quizás sus palabras terminen inyectando el valor que les hace falta a muchos de los que albergan sueños similares al de ella, pero que se acobardan para cumplirlos.
TAFí DEL VALLE
Julia se ilusiona con que sus nietos toquen en el museo
Julia es coqueta. Cuando se da cuenta de que le van a sacar fotos pide permiso y desaparece unos segundos. Vuelve tan prolija como estaba antes, aunque ella afirma que acaba de peinarse y arreglarse. Con voz cálida - que hace parecer menos frías las 10 salas del museo- explica que el rostro que está tallado en un mueble de ébano es el del Dante Alighieri, que algunas de las vasijas expuestas fueron fabricadas hace 1.000 años y que el misal escrito en latín data de la época de los jesuitas. Se mueve con soltura, aunque sabe que la están filmando. A ella las cámaras no la amedrentan: ya participó como extra en dos películas (Belgrano y Aballay) y se siente la veterana cinematográfica del Valle. Julia trabaja en el Museo Jesuítico de La Banda, en Tafí del Valle, desde hace 14 años. Se presenta como Julia de Tafí y se niega a explicar por qué no quiere que se publique su apellido. De última, el postizo de Tafí no le queda tan mal. Porque soy del lugar más hermoso del mundo, se ríe.
A pesar de que vive de guiar a los turistas a través del pasado, está pendiente del futuro. Una de las novedades de la temporada de invierno tafinista será la inauguración de una galería de artesanos. Allí funcionará un restaurante de comidas regionales y habrá espectáculos musicales. Este espacio estará en el Museo Jesuítico (los albañiles todavía están trabajando en las habitaciones).
Además de guía y actriz, Julia es la coordinadora del taller de Música Esperanza en Tafí del Valle. Y sus nietos son los percusionistas. Nos invitaron a participar, así que tal vez actuemos cuando se inaugure la galería, se ilusiona. La música la llevó a recorrer el país: estuvo en Salta, en Jujuy y hasta en el teatro Colón, de Buenos Aires, donde fue con los chicos del taller que tocaron con el pianista Miguel Ángel Estrella. Pero cuanto más lejos me iba, más extrañaba, aclara, como para justificar otra vez por qué prefiere que le digan Julia de Tafí.
Julia continúa con el recorrido por el museo (abre todos los días de 8 a 18) y pasa por la capilla del siglo XVIII. No se olvide de poner que hay misa todos los sábados a las 18.30, advierte antes de volver a hablar del pasado mientras piensa en el futuro.
COLALAO DEL VALLE
Juana no llora porque las lágrimas arruinan el ponchi
El 14 y el 15 se hará la Fiesta del Ponchi, una bebida vallista fuerte y antigua que muy pocas personas saben preparar.
Tres vasos. Hasta ahí no más. Los que saben dicen que eso es lo máximo que puede llegar a aguantar un primerizo. Es que el ponchi no es para cualquiera: calentito y bien dulce, se toma fácil. Pero pega muy rápido. El futuro de esta bebida a la que nadie le sabe precisar el origen está atado a una contradicción: en Colalao del Valle posee tantos adeptos que hasta le celebran su propia fiesta. Pero son muy pocos los que saben prepararla. Este año, la única que se pondrá a revolver el contenido de las pailas de cobre será Juana Primitiva Condorí. Y si los jóvenes no la empiezan a imitar, es posible que dentro de algunos años desaparezca.
Juana es pura simpatía: toma el micrófono, imposta la voz y anuncia la canción que se viene. Las mañanas de la radio FM Luna del Valle, que funciona en la comuna, son suyas. Se define como comunicadora social, pero muchos de sus vecinos se refieren a ella como la experta en preparar ponchi.
El 14 y el 15 se hará una nueva edición de la Fiesta del Ponchi. Serán dos días en los que, entre zambas y chacareras, esta bebida llenará vasos que, seguramente, se vaciarán rápido. La hacemos en invierno, cuando está muy frío. Lleva aguardiente, mistela, azúcar, vino blanco saborizado con canela y claras de huevo. Hay que tomarla en el mismo momento en el que se la hace, detalla Juana.
Si bien aclara que hay otras personas que conocen las proporciones de la receta, apunta que es la única que la prepara actualmente. Son muy mayores, las justifica dentro del precario estudio de la radio: es una habitación cuya ventana abierta da a un playón en el que arreglan estruendosamente un tractor de la comuna.
Juana aprendió observando a un vecino que ya murió. Lástima que los chicos no sepan hacerla. A mí me gustaría enseñarles para que no se pierda la tradición, anhela. Pero inmediatamente se concentra en el presente y empieza a calcular qué cantidad deberá preparar para la fiesta: unas tres pailas de 50 litros cada una. Es lo que tomó el público en las últimas ediciones.
Eso sí: para elaborar ponchi no sólo hace falta saber la receta. También hay que tener fuerza para revolver constantemente y -¡muy importante!- no ser llorón: dicen que las lágrimas provocan que la bebida se corte.